Las encuestas de empleo del tiempo registran lo que hace la gente, intervalo a intervalo, en un día determinado. Ofrecen sobre la sociabilidad una mirada muy distinta de la de los cuestionarios.
La revista
Comprender las amistades, las propias incluidas
Lo que cuentan las encuestas y lo que se les escapa.
Declarar pocos amigos o decirse solo tiene un coste social. Los métodos que sortean ese coste dan resultados sensiblemente distintos.
No es una impresión, es un teorema. Demostrado en 1991, se deriva de cómo se muestrea una red cuando se siguen sus vínculos.
Las encuestas europeas permiten comparar la frecuencia de los contactos declarados. Lo que miden esas comparaciones es menos evidente de lo que parece.
Las revisiones sistemáticas existen y sus conclusiones son prudentes. La dificultad principal no es la eficacia de los dispositivos, sino la calidad de su evaluación.
Los registros de llamadas y los sensores de proximidad han producido resultados que los cuestionarios no alcanzaban. También importan sus propios sesgos.
Un metaanálisis de 2010 produjo una comparación llamativa con el tabaco. Su método y sus límites son menos conocidos que su conclusión.
La expresión se ha vuelto un lugar común de las políticas públicas. Las series largas disponibles no muestran el aumento general que supone.
Una se siente, el otro se cuenta. Su correlación es moderada, lo que basta para invalidar la mayoría de los atajos empleados en el debate público.
El instrumento de referencia, publicado en 1978 y revisado después, evita deliberadamente el término. Esa opción metodológica explica parte de las cifras que circulan.
La pregunta formulada determina la cifra obtenida. Dos formulaciones parecidas producen redes de tamaños muy distintos, algo que ya descarriló todo un debate público.