Una palabra para demasiadas cosas
El francés emplea un solo término allí donde otras lenguas tenían cuatro. Esa economía de vocabulario produce parte de los malentendidos que se atribuyen a las personas.
Lo que el griego distinguía
El griego antiguo disponía de varios términos que el francés ha reunido. Eros designaba el deseo y la atracción, philia el vínculo de afecto entre iguales, storgé el apego nacido de la costumbre y de la vida en común, agapé el don sin espera de retorno.
Esas palabras no formaban una jerarquía de lo menos noble a lo más noble, al contrario de lo que una lectura tardía hizo de ellas. Nombraban relaciones distintas, susceptibles de coexistir o no entre las mismas personas.
El efecto de la palabra única
Reunir todo eso bajo un solo sustantivo produce una consecuencia práctica: dos personas pueden afirmar que se quieren y designar cosas distintas, sin que formulación alguna permita advertirlo.
La pregunta que sigue, ¿me quieres?, está entonces mal planteada: llama a una respuesta binaria sobre un objeto compuesto. Lo que se quería saber versaba por lo general sobre uno de los componentes, y la respuesta versa sobre el conjunto.
Las tipologías contemporáneas
La psicología ha intentado restituir esas distinciones con otras herramientas. Robert Sternberg propuso en 1986 descomponer el amor en intimidad, pasión y compromiso, cuyas combinaciones producen formas distintas. John Alan Lee había descrito ya en 1973 seis estilos, tomando además prestado del vocabulario griego.
Esas construcciones no son descubrimientos en el sentido en que se descubre un mecanismo. Son marcos propuestos, evaluados después por su capacidad de dar cuenta de respuestas a cuestionarios, y su interés está en que vuelven nombrable lo que la lengua confundía.
El uso práctico
Sin convocar teoría alguna, una conversación gana con separar lo que se espera. Esperar intensidad, esperar fiabilidad y esperar una compatibilidad práctica son tres peticiones distintas, que una palabra única volvía indistintas.
Dos personas que descubren que no esperan lo mismo no han resuelto su dificultad, pero por fin saben de qué hablan. Ese es el beneficio real de esas distinciones, y no depende de cifra alguna.
Una precaución
Esas tipologías sirven a veces para clasificar a la gente, cosa que ninguna de ellas permite. Las escalas construidas para medirlas muestran al contrario que los estilos se acumulan en una misma persona y que varían de una relación a otra.
Empleadas como etiquetas, producen el efecto contrario al buscado: sirven para explicar de antemano lo que uno hace, es decir, para dejar de examinarlo. Empleadas como vocabulario, vuelven posible una conversación.
Para recordar
El griego distinguía con cuatro palabras lo que el francés reúne en una sola, lo que vuelve indistintas expectativas diferentes.
La pregunta ¿me quieres? llama a una respuesta binaria sobre un objeto compuesto, y pierde por tanto lo que quería saber.
Las tipologías contemporáneas son un vocabulario útil, no un sistema de clasificación de personas.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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