Cuando no se sabe qué se siente
Saber que algo no va bien sin poder decir qué no es raro ni revela un problema. Es una manera de funcionar, documentada desde los años setenta.
El bloque y el detalle
Algunas personas reciben sus estados en bloque. Hay algo, es desagradable, está ahí desde el principio de la tarde y su naturaleza exacta no aparece. Otras identifican en el momento que es irritación, más precisamente irritación mezclada con cansancio, y que el comentario de las diez tiene mucho que ver.
Esos dos funcionamientos no difieren en la intensidad de lo vivido, sino en la resolución con que se percibe. El primero no es una versión degradada del segundo: capta menos detalle y se deja estorbar menos por el análisis.
Una noción venida de la medicina
El término alexitimia lo acuña en 1973 el psiquiatra Peter Sifneos, a partir del griego: literalmente, la ausencia de palabras para las emociones. Describía entonces a pacientes que hablaban con abundancia de hechos y de síntomas y se encontraban desprovistos en cuanto se les preguntaba qué sentían.
La noción se aplicó después a la población general, donde describe una característica repartida en un continuo más que un estado aparte. Las estimaciones disponibles sitúan en torno al diez por ciento la proporción de personas que obtienen puntuaciones elevadas en la escala publicada en 1994 para medirla, con variaciones importantes según los umbrales adoptados.
Lo que permite la mirada retrospectiva
Parte de lo que se llama no saber qué se siente es en realidad un desfase de calendario. El estado se identifica, pero más tarde: al contar la jornada a alguien, al escribir, al repensar la escena dos días después, cuando la urgencia ha bajado.
Ese desfase tiene un coste, el de reaccionar sin saber por qué, y una ventaja pocas veces nombrada: la identificación tardía se hace en frío, y por tanto con menos riesgo de equivocarse de causa. Quienes lo saben enseguida también se equivocan, y con más aplomo.
El vocabulario no es el problema
Suele suponerse que bastaría con aprender palabras. La investigación sobre lo que Lisa Feldman Barrett llama granularidad emocional sugiere otra cosa: lo que distingue a las personas no es el número de términos que conocen, sino el uso que hacen de ellos para distinguir estados próximos en su vida cotidiana.
Se puede disponer de treinta palabras y emplearlas indistintamente; se pueden usar cinco de manera perfectamente discriminante. Las listas de vocabulario colgadas en los pasillos de las empresas no bastan, pues, lo que no las convierte en objetos inútiles: sobre todo vuelven posible la conversación.
Lo que produce ponerlo en palabras
Un estudio publicado en 2007 por Matthew Lieberman y sus colegas mostró que nombrar el estado visible en un rostro iba acompañado de una bajada de actividad de la amígdala. El efecto es pequeño, obtenido en laboratorio, sobre duraciones de unos segundos, y los participantes interrogados no creen que nombrar les ayude.
Esta última observación es la más interesante: el efecto no depende de la creencia que se ponga en él. No convierte la puesta en palabras en un método, solo en una operación de la que puede decirse que modifica ligeramente el curso de lo que describe.
Para recordar
Percibir los propios estados en bloque o en detalle es una diferencia de resolución, no de sensibilidad.
La alexitimia, nombrada en 1973, describe una característica continua y no un estado aparte.
El vocabulario disponible cuenta menos que el uso que se hace de él para distinguir estados próximos.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
Y usted, ¿dónde se sitúa?
El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.
Empezar mi test