Llorar en la oficina
El episodio es frecuente, y la incomodidad que produce también. Lo que esa incomodidad revela tiene menos que ver con las lágrimas que con una frontera que el trabajo ha desplazado sin decirlo.
Una frontera desplazada
El modelo heredado del siglo XX separaba netamente dos espacios: el trabajo, donde se sostenía un papel, y el domicilio, donde se era uno mismo. Esa separación era en parte una ficción, pero proporcionaba una regla simple para saber qué convenía mostrar.
Las organizaciones contemporáneas han deshecho en buena medida esa frontera. Se habla en ellas de autenticidad, de llevar al trabajo a la persona entera, de bienestar. La regla antigua ha perdido, pues, su fuerza sin que se haya formulado una nueva, lo que deja a cada cual adivinar qué es aceptable.
Lo que produce una lágrima
Las lágrimas tienen una propiedad particular entre las manifestaciones afectivas: son difíciles de producir voluntariamente y difíciles de detener. Se reciben, por tanto, como una señal poco falsificable, lo que les da una fuerza que el testigo no puede ignorar.
Esa fuerza explica la incomodidad. Una señal poco falsificable compromete a quien la recibe: no hacer nada se convierte en una decisión. Buena parte de la incomodidad atribuida a quien llora pertenece en realidad a quienes miran y no saben qué conducta adoptar.
Una desigualdad documentada
Las encuestas disponibles comunican una frecuencia declarada de llanto netamente más elevada en las mujeres que en los hombres, con diferencias variables según los países. Comunican también que el mismo episodio no se juzga igual según quién lo produzca y según el puesto ocupado.
Esas dos constataciones no se reducen la una a la otra: la primera versa sobre lo que ocurre, la segunda sobre lo que se interpreta. La segunda es la que tiene consecuencias profesionales.
El vocabulario del dominio de sí
Las rejillas de evaluación profesional emplean con frecuencia términos como perspectiva, sangre fría, capacidad de tomar altura. Esas formulaciones describen una conducta de exhibición, no un estado interior: evalúan lo que se ve.
El riesgo está en transformar una norma de expresión en criterio de competencia y, por tanto, en valorar una posición de un eje más que otra. Un asalariado muy expresivo puede ser perfectamente fiable, y uno muy sereno puede estar en dificultad sin que nada lo muestre.
Lo que el derecho enmarca
El artículo L. 4121-1 del Código del Trabajo francés impone al empleador proteger la salud física y mental de los trabajadores, lo que cubre los riesgos psicosociales. La exigencia emocional figura entre las familias de factores reconocidas por los organismos franceses de prevención.
El derecho, evidentemente, nada dice de las lágrimas mismas. Desplaza en cambio la cuestión hacia la organización: si una situación de trabajo produce con regularidad esos episodios, el objeto de análisis es la situación, no la persona que llora.
Para recordar
La frontera entre papel profesional y vida personal se ha deshecho sin que se formulara una nueva regla.
Las lágrimas se reciben como una señal poco falsificable, lo que compromete al testigo y explica su incomodidad.
Evaluar la perspectiva o la sangre fría equivale a calificar una norma de expresión, no una competencia.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
Y usted, ¿dónde se sitúa?
El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.
Empezar mi test