Los métodos para dormir y el estado de las pruebas
Pocos temas enfrentan a bandos tan nítidos con datos tan escasos. Esto es lo que miden realmente los ensayos publicados, y aquello sobre lo que callan.
Qué abarca el término
Los protocolos estudiados van desde la extinción gradual, en la que los padres espacian progresivamente sus respuestas, hasta la preparación de la rutina de acostarse y la formación de los padres sobre el sueño. El debate público suele agruparlos bajo una etiqueta única aunque difieren mucho.
Esa confusión pesa en la discusión: una crítica dirigida a un protocolo estricto se recibe como dirigida al conjunto, y un resultado obtenido con una intervención ligera se presenta como validación de las formas más duras.
Difieren también por la edad a la que se aplican: la mayoría de los ensayos se refiere a niños que ya han superado los primeros meses, y sus resultados no informan sobre las edades que no han estudiado.
Qué encuentran los ensayos
Las revisiones sistemáticas encuentran una reducción moderada del número de despertares señalados y del tiempo para dormirse, medida a lo largo de unas semanas. Los efectos sobre el estado declarado de las madres, en particular las puntuaciones de síntomas depresivos, aparecen en varios ensayos.
Los tamaños de efecto son modestos y los intervalos amplios. Los ensayos son pocos, a menudo pequeños, y el enmascaramiento es imposible: los padres saben qué aplican, y son ellos quienes informan del resultado.
La crítica principal
Se refiere a la medición. Si el resultado es el número de despertares señalados por los padres, una intervención que enseña al niño a no llamar produce una caída del registro sin que se sepa si los despertares han disminuido. Las escasas comparaciones con actigrafía no han zanjado el punto.
Una segunda crítica se refiere a la duración del seguimiento: la mayoría de los ensayos se detiene a las pocas semanas o meses, lo que no permite concluir ni un efecto duradero ni su ausencia.
Lo que mostró el seguimiento largo
Un ensayo australiano siguió a las familias hasta los seis años y no encontró ni beneficio ni perjuicio duradero en medidas de apego, de comportamiento y de estrés evaluado mediante cortisol salival.
Ese resultado lo citan con regularidad ambos bandos: como prueba de inocuidad unos, como prueba de ausencia de beneficio duradero otros. Las dos lecturas son compatibles con los datos publicados.
Un ensayo único, aunque esté bien realizado, no cierra una cuestión. Se refiere a un protocolo preciso, a una población dada y a una edad de inicio determinada, y la ausencia de efecto detectado no equivale a la prueba de una ausencia de efecto, sobre todo con medidas tan indirectas como las del apego a los seis años.
Por qué el debate no se cierra
No todas las cuestiones en juego son empíricas. La discusión trata también de lo que se estima aceptable pedir a un niño y a unos padres, arbitraje que ningún ensayo resuelve.
A ello se añade una desigualdad de condiciones rara vez nombrada: la viabilidad de un protocolo depende de la vivienda, de los horarios de trabajo y del número de adultos presentes, variables que los ensayos controlan mal y que las recomendaciones ignoran.
Para recordar
El término abarca protocolos muy distintos, del más estricto a la simple información a los padres.
Los efectos medidos son moderados, a corto plazo, y se basan en el registro de los padres.
Un seguimiento hasta los seis años no halló ni perjuicio ni beneficio duradero, resultado invocado por ambos bandos.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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