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Emociones y sociedad

¿Sustituyen los emojis al tono?

El escrito digital perdió la prosodia y fabricó en treinta años un sistema de sustitución. Funciona, imperfectamente, y produce sus propios malentendidos.

Por R. Doucet, Historia y antropología de las emocionesPublicado el 2 min

Lo que el escrito ha perdido

Una frase pronunciada lleva una altura, una velocidad, unas pausas, una intensidad. La misma frase escrita no lleva nada de eso, y el lector proyecta en ella el tono que espera, en función de su estado del momento y de lo que cree saber del remitente.

El fenómeno es antiguo: la correspondencia epistolar desarrolló para afrontarlo fórmulas de apertura y de cierre muy codificadas, cuya función era precisamente fijar el registro antes de que llegara el contenido.

Un sistema reconstruido

Los usos digitales han recreado marcadores: puntuación expresiva, mayúsculas, alargamiento de vocales, después emoticonos tipográficos y por fin emojis normalizados. Las investigaciones sobre esos marcadores indican que modifican efectivamente la interpretación de un mensaje, en particular su grado percibido de intención agresiva.

El sistema sigue siendo pobre respecto a la prosodia. Codifica bien la intención general, broma o seriedad, benevolencia o reproche; codifica mal la intensidad, la vacilación, la ironía fina, todo lo que se juega en una inflexión.

El punto que ha cambiado de sentido

Un ejemplo documentado: en los mensajes cortos, un punto final colocado tras una sola palabra lo perciben algunos lectores como seco o enfadado, mientras que es neutro en un texto largo. El signo no ha cambiado, su valor en un contexto dado sí.

Esos desplazamientos son rápidos y generacionales. Un mismo mensaje puede, pues, leerse de dos maneras opuestas según la edad de los interlocutores, sin que ninguno sospeche el desfase, puesto que cada cual tiene su lectura por la lectura evidente.

La asimetría del escrito

El escrito suprime además el bucle de corrección. En conversación, un ceño fruncido señala de inmediato que la frase ha caído mal, y uno rectifica. Por mensaje, el error de interpretación se instala sin ser detectado, y la respuesta llega una hora más tarde, ya orientada por el malentendido.

El plazo hace el resto. Un silencio de tres horas tras un mensaje ambiguo se lee como una confirmación de lo peor, cuando no contiene información alguna, exactamente igual que un silencio cara a cara.

Una regla que se sostiene

No existe método para escribir sin ser mal comprendido, y no es eso lo que sugiere este artículo. Basta una constatación: cuanto más corto es un mensaje, más ambiguo resulta, y más pone el lector de su parte.

Los intercambios cuyo envite es relacional y no informativo son, por tanto, los que peor soportan el escrito breve. No es una cuestión de cortesía, es una cuestión de canal.

Para recordar

El escrito suprime la prosodia; el lector proyecta en él el tono que espera.

Emojis y puntuación expresiva codifican la intención general, no la intensidad ni los matices.

El escrito suprime también el bucle de corrección inmediata, lo que deja instalarse a los malentendidos.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

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