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Emociones y sociedad

El vocabulario terapéutico en la vida diaria

Trauma, tóxico, control coercitivo, carga mental: términos procedentes de la clínica circulan ya en la conversación corriente. La ganancia es real, y el coste también.

Por R. Doucet, Historia y antropología de las emocionesPublicado el 2 min

Una migración rápida

En unos veinte años, una serie de términos técnicos ha pasado de las consultas y las revistas especializadas a las conversaciones corrientes, las redes sociales y los titulares de prensa. El movimiento lo documentan los lingüistas, que siguen la frecuencia de aparición de esas palabras en los corpus disponibles.

La migración va acompañada casi siempre de una ampliación del sentido. Un término que designa una categoría precisa acaba designando una experiencia extendida, y la palabra antigua a la que sustituye desaparece del uso.

Lo que aporta el vocabulario

Sería injusto ver en ello solo una degradación. Disponer de una palabra vuelve nombrable una experiencia y, por tanto, compartible y discutible colectivamente. Varias situaciones consideradas durante mucho tiempo asuntos privados accedieron al espacio público por ese camino, y eso produjo efectos concretos.

El mecanismo es el descrito por la antropología con el nombre de estados hipocognitivizados: lo que una lengua no nombra es más difícil de reconocer y de tratar. Nombrar es una operación social antes que individual.

Lo que cuesta la ampliación

Un término que lo designa todo ya no designa nada. Cuando la misma palabra sirve para una contrariedad pasajera y para una situación grave, resulta imposible distinguir ambas en una conversación, y las personas afectadas por la segunda pierden el medio de decirla.

Se añade un desplazamiento de registro: describir una dificultad relacional con vocabulario clínico la sitúa fuera de la discusión. Puede discutirse un desacuerdo, no un diagnóstico, y la persona así designada no tiene más salida que cuestionar la calificación misma.

El caso de los tests en línea

El mismo deslizamiento acecha a los instrumentos difundidos al gran público. Emplear un vocabulario de trastorno, anunciar un nivel, sugerir que un resultado exige una corrección: cada una de esas operaciones transforma una descripción en veredicto, sin que dato alguno lo autorice.

Por eso un perfil serio describe posiciones en ejes cuyos dos extremos tienen sus usos, no produce puntuación global y no emplea vocabulario clínico. No es prudencia jurídica, es lo que los datos permiten decir.

Una distinción practicable

Una regla simple permite cribar: ¿la palabra describe lo ocurrido o clasifica a la persona? Decir que una conversación fue hiriente describe un episodio. Decir que alguien es tóxico lo clasifica, y la clasificación versa sobre el conjunto de lo que es.

Esa distinción no protege de nada y no resuelve conflicto alguno. Solo mantiene la conversación en un terreno donde todavía puede discutirse algo.

Para recordar

El paso de un término clínico al uso corriente va acompañado casi siempre de una ampliación del sentido.

Nombrar vuelve compartible una experiencia; una palabra que lo designa todo ya no permite decir los casos graves.

Describir un episodio deja abierta la conversación, clasificar a una persona la cierra.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.

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