La risa no espera al chiste
Creemos reírnos de lo que tiene gracia. La observación de las conversaciones corrientes muestra que nos reímos sobre todo con alguien, y a menudo de casi nada.
Lo que encontró la observación
El investigador estadounidense Robert Provine dedicó parte de su carrera a un método modesto: anotar, en lugares públicos, lo que precede a una carcajada. Sus registros, reunidos en un libro publicado en 2000, contradicen la imagen que cada cual se hace de su propia risa.
La mayoría de las risas seguían a comentarios banales, un saludo, una pregunta práctica, una observación sin ingenio. Solo una parte minoritaria respondía a algo que se habría podido calificar de gracioso. Otra constatación inesperada: quien habla ríe más que quien lo escucha.
Una señal dirigida
Estos registros sugieren que la risa sirve ante todo a la relación. Se ríe mucho más en compañía que a solas, y la risa puntúa el habla sin interrumpirla: se sitúa en las pausas, al final de la frase, rara vez en medio, como una puntuación sonora del intercambio.
Señala un estado de la relación más que un juicio sobre lo que se acaba de decir: estoy bien dispuesto, no me lo tomo como un ataque, estamos del mismo lado. Esta función explica que una risa pueda ser cortés, conciliadora o incómoda sin ser falsa.
Lo que distingue el oído
Los investigadores distinguen habitualmente la risa espontánea, que escapa en parte al control, de la risa producida voluntariamente. Ambas no suenan exactamente igual, y los oyentes consiguen separarlas por encima del azar, aunque no siempre lo logren.
Trabajos realizados con oyentes de sociedades muy distintas han mostrado que, a partir de unos segundos de grabación, se adivina por encima del azar si dos personas que ríen juntas son amigas o acaban de conocerse. La risa compartida lleva información sobre la relación misma.
Un contagio condicionado
La risa es uno de los comportamientos más contagiosos que existen, algo que las risas enlatadas de los programas de televisión explotan desde hace mucho. Oír reír predispone a reír, lo que refuerza la idea de una señal destinada ante todo a sintonizar a los miembros de un grupo.
Este contagio no tiene nada de reflejo universal. Una risa percibida como burlona, o dirigida contra uno mismo, produce el efecto contrario y aleja en lugar de acercar. El mismo sonido puede incluir o excluir según el lugar que ocupe quien lo oye.
Lo que cambia en la lectura
Si la risa es ante todo relacional, informa mal sobre el humor. Quien ríe poco en una reunión no carece de él por ello, y quien ríe mucho no encuentra necesariamente todo gracioso. Cada cual ajusta simplemente a su manera esa señal de acuerdo.
Ambos ajustes tienen su rendimiento. Una risa frecuente agiliza los intercambios y desactiva las tensiones; también puede enmascarar un desacuerdo real. Una risa escasa da más peso a cada aparición, y deja al interlocutor más inseguro de la acogida que recibe.
Leer la risa ajena como un mensaje sobre la relación, y no como un veredicto sobre lo que uno ha dicho, corrige un error frecuente: creerse gracioso cuando solo se es bien recibido, o mal recibido cuando el otro simplemente ríe menos.
Para recordar
La mayoría de las risas observadas siguen a comentarios banales, y quien habla ríe más que quien escucha.
La risa señala un estado de la relación más que un juicio sobre lo que se acaba de decir.
Reír poco o mucho no dice nada del humor de una persona; ambos ajustes tienen sus ventajas y sus costes.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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