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Lo que dice la investigación

Lo que la proximidad hace a los encuentros

El factor mejor establecido de la atracción no es el encanto ni la afinidad: es la probabilidad de cruzarse. Un resultado de 1950 que setenta y cinco años no han desmentido.

Por H. Sorel, Métodos de los estudios relacionalesPublicado el 3 min

El estudio de Westgate

En 1950, Leon Festinger, Stanley Schachter y Kurt Back estudian los vínculos formados en una residencia de estudiantes del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Cuentan con una suerte rara: las viviendas se habían asignado con independencia de las personas, lo que se acerca a las condiciones de un experimento.

El resultado es nítido y desagradable para el amor propio. La distancia entre dos puertas predice las amistades declaradas mucho mejor que cualquier afinidad medida. Vivir al pie de una escalera o cerca de los buzones multiplica los vínculos, porque esas posiciones multiplican las ocasiones de cruzarse.

La costumbre vuelve amable

Un segundo mecanismo se suma al primero. En 1968, Robert Zajonc establece que la repetición de una exposición a un estímulo neutro aumenta el aprecio que se le tiene. Lo obtiene con rostros, palabras inventadas, ideogramas, y el efecto aparece incluso cuando las exposiciones pasan inadvertidas.

Ese resultado figura entre los más replicados de la psicología experimental. Tiene un límite: el efecto se atenúa y luego se invierte más allá de cierto número de exposiciones, y no se aplica del mismo modo a lo que desagradaba de entrada.

El encadenamiento

Puestos uno tras otro, esos dos resultados describen una secuencia corriente. Nos cruzamos con regularidad con un pequeño número de personas, la repetición las vuelve más agradables, y esa familiaridad se interpreta después como una afinidad particular.

La sensación de evidencia puede pues estar producida por la frecuencia, sin que entre en juego ninguna propiedad rara del otro. Esa constatación no quita nada a lo que viene después: se refiere al primer contacto, no a la relación.

Lo que cambian las aplicaciones

Los servicios de citas cambian realmente algo, al ampliar el vivero mucho más allá de la geografía. No suprimen por ello los demás mecanismos: sustituyen la proximidad física por una exposición organizada por un algoritmo.

Una revisión publicada en 2012 por Eli Finkel y sus colegas concluye, por lo demás, que nada establece la superioridad de los algoritmos de emparejamiento sobre un emparejamiento más tosco, a falta de datos predictivos disponibles antes del encuentro. Lo que esos servicios aportan tiene que ver con el acceso, no con la selección.

El alcance del resultado

Todo esto se refiere a los primeros minutos o a las primeras semanas. Un estudio realizado en 2020 por Samantha Joel y numerosos colegas, sobre más de diez mil parejas, llega a una conclusión severa para el campo: lo que se sabe de las personas antes de la relación explica muy poco de la satisfacción posterior.

El uso razonable de esos trabajos es, por tanto, reflexivo más que operativo. No dicen dónde ir a buscar, recuerdan que la sensación de evidencia no es un instrumento fiable para medir a la persona que se tiene enfrente.

Para recordar

La proximidad funcional, es decir, la probabilidad de cruzarse, predice los vínculos mejor que las afinidades declaradas.

La simple repetición de una exposición aumenta el aprecio sin que uno sea consciente: la familiaridad se confunde con facilidad con la afinidad.

Esos mecanismos conciernen a la atracción inicial; lo que determina la satisfacción de una relación se juega dentro de ella.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.

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