La nostalgia, de enfermedad a emoción
La palabra la acuñó a finales del siglo XVII un médico para designar un mal que se consideraba grave. Hoy designa un estado corriente, que la investigación describe como más bien dulce.
Una palabra culta
En 1688, un estudiante de medicina de Basilea, Johannes Hofer, defiende una tesis dedicada a un mal observado en jóvenes alejados de su tierra. Para nombrarlo acuña una palabra a partir de dos términos griegos, el regreso y el dolor. La nostalgia nace como categoría médica.
El mal descrito no tenía nada de vago. Se le atribuían manifestaciones físicas, languidez, pérdida de apetito, fiebre, y se veía en él una afección seria. Los soldados suizos que servían en el extranjero se convirtieron en el ejemplo más citado, hasta el punto de que durante mucho tiempo se habló de la añoranza suiza.
Un asunto de médicos militares
Durante mucho tiempo, la nostalgia sigue siendo una preocupación de los médicos de los ejércitos. Figura en los tratados, se describe en los reclutas, se procura evitarla. Una tradición, que Rousseau recoge en el siglo XVIII, quiere que se prohibiera a las tropas suizas una tonada de montaña porque se creía que la desencadenaba.
Este encuadre dice tanto de la época como del estado descrito. Traduce una concepción en la que el apego a la tierra natal se volvía un asunto médico en cuanto estorbaba al servicio, y en la que la emoción pertenecía al cuerpo más que a la experiencia.
Del lugar al tiempo
A lo largo del siglo XIX, la categoría médica se desvanece progresivamente. La palabra se queda, pero su objeto se desplaza: ya no se siente nostalgia solo de un lugar, sino de una época, de una infancia, de un mundo desaparecido. El dolor del regreso imposible se convierte en el de un pasado que no vuelve.
Este paso del lugar al tiempo acompaña la entrada de la noción en la literatura y en la lengua corriente. La nostalgia se convierte en un sentimiento que se puede cultivar, compartir o escenificar, y no solo padecer. Cambia de estatuto sin cambiar de nombre.
Lo que describe hoy la investigación
Desde los años 2000, los trabajos de Constantine Sedikides y Tim Wildschut, en la Universidad de Southampton, abordan la nostalgia como una emoción corriente. La describen como mixta, mayoritariamente positiva con una parte de carencia, y presente a todas las edades.
Los relatos nostálgicos recogidos ponen a menudo en escena a allegados y momentos compartidos. Los mismos trabajos señalan que la nostalgia surge con facilidad en momentos de soledad o de ánimo bajo, y que va acompañada de un mayor sentimiento de vínculo con los demás.
Una emoción juzgada según la época
El juicio social sobre la nostalgia sigue dividido. Pasa unas veces por un refugio estéril, un rechazo del presente, y otras por un recurso que une una vida a su historia. Ambas lecturas coexisten, y cada una describe una parte de lo que las personas refieren.
Su uso colectivo añade una capa. Publicidad, música, reediciones y objetos de época la convierten en materia comercial, y muchos discursos públicos se remiten a ella. Ese registro pertenece a otro análisis que la experiencia íntima, aunque tome prestada la misma palabra.
La historia de la palabra recuerda sobre todo que una misma experiencia puede cambiar de clasificación sin cambiar de apariencia. Lo que fue una afección se ha convertido en un sentimiento, y nada obliga a pensar que la clasificación actual sea la última.
Para recordar
La palabra nostalgia la acuñó en 1688 Johannes Hofer para designar un mal de la tierra tratado como afección médica.
En el siglo XIX, la noción abandona la medicina y pasa de la pérdida de un lugar a la de un tiempo.
La investigación actual la describe como una emoción mixta, más bien positiva y a menudo orientada hacia los allegados.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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