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Emociones y sociedad

La ira en público

Se la juzga fuera de lugar casi en todas partes y, sin embargo, fue durante mucho tiempo un instrumento reconocido de la vida política y judicial. Lo que ha cambiado no es la emoción.

Por R. Doucet, Historia y antropología de las emocionesPublicado el 3 min

Una emoción instituida

Aristóteles dedica a la ira el desarrollo más largo del libro II de la Retórica y la define como un deseo de venganza acompañado de pena, causado por un desprecio manifiesto. No hace de ella un desorden: en la Ética, la virtud consiste en encolerizarse como es debido, con quien es debido y cuando es debido.

Los estoicos adoptan la posición inversa. Séneca dedica a la cuestión un tratado entero y sostiene que la ira no es útil ni en el combate ni en la justicia, y que es un juicio erróneo del que puede uno desprenderse. El desacuerdo entre ambas escuelas versa sobre la posibilidad misma de un afecto justo.

Lo que documenta la historia

Los trabajos de historia de las sensibilidades muestran que la ira del poderoso constituyó durante mucho tiempo un acto público codificado, cuyo despliegue señalaba la vulneración del orden y comprometía una reparación. Su desaparición progresiva de las escenas oficiales es un hecho fechado, no una conquista de la civilización.

El análisis se discute en sus causas y su amplitud. Establece sin dificultad, en cambio, que la norma actual es reciente y local y que no expresa un dato universal de la relación humana con la ira.

Las culturas del honor

Una rara demostración experimental la proporcionaron los trabajos de Richard Nisbett y Dov Cohen publicados en 1996. Unos estudiantes estadounidenses son empujados e insultados por un cómplice en un pasillo; los originarios del Sur presentan una elevación hormonal más marcada, se muestran después menos conciliadores y juzgan su reputación más dañada que los originarios del Norte.

Los autores vinculan la diferencia a una historia económica de ganadería en zona poco vigilada, donde la reputación de réplica protegía el rebaño. La explicación histórica se discute; la diferencia de reacción, en cambio, está medida.

El mito de la descarga

Una creencia extendida sostiene que expresar una ira la hace disminuir, idea que debe mucho al uso médico de la palabra catarsis a finales del siglo XIX. Trabajos realizados por Brad Bushman a principios de los años dos mil comparan a participantes provocados e invitados después a golpear un saco o a permanecer sentados.

Quienes golpearon se muestran después más agresivos, no menos. La interpretación propuesta es que la descarga alimenta el estado en lugar de agotarlo, y proporciona además un ensayo de la conducta.

Lo que vuelve legible la ira

La ira se distingue de los demás estados por una propiedad: contiene un destinatario y una petición. Versa sobre alguien, a propósito de algo, e implica que se espera una reparación. Es lo que la vuelve políticamente utilizable y socialmente costosa.

Cuando la petición no se formula, solo queda la manifestación, y el interlocutor no puede sino defenderse. La diferencia entre una ira que obtiene algo y una ira que daña se reduce casi siempre a ese punto.

Para recordar

Aristóteles defiende una ira justa; los estoicos ven en ella un juicio erróneo: el desacuerdo es antiguo y nunca resuelto.

La ira pública fue durante mucho tiempo un acto codificado; la norma actual es reciente y local.

Expresar una ira no la hace disminuir: los experimentos hallan el efecto contrario.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

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