La prueba de la falsa creencia y su replicación
Una prueba sencilla, planteada desde 1983, parecía situar hacia los cuatro años la capacidad de atribuir a otro una creencia errónea. Las versiones no verbales han enturbiado ese calendario.
La prueba clásica
Heinz Wimmer y Josef Perner proponen en 1983 una prueba que se volvió estándar: un personaje guarda un objeto, se marcha, el objeto se cambia de sitio en su ausencia, y se pregunta al niño dónde irá a buscarlo el personaje.
Responder correctamente supone distinguir lo que uno mismo sabe de lo que el personaje cree. Los niños de tres años fallan de forma masiva, los de cinco aciertan, y el vuelco se sitúa hacia los cuatro en las versiones verbales.
Una variante, llamada del contenido inesperado, consiste en mostrar una caja de golosinas que en realidad contiene lápices y preguntar después qué creerá otra persona que hay dentro. Produce un calendario de acierto comparable, lo que refuerza la solidez del resultado.
Las versiones no verbales
A partir de 2005, varios equipos propusieron versiones basadas en la mirada y no en la respuesta verbal, midiendo el tiempo de fijación ante una escena incoherente con la creencia del personaje.
El estudio más citado, publicado por Kristine Onishi y Renée Baillargeon en 2005, medía la duración de la mirada de lactantes ante una escena en la que un personaje buscaba un objeto en un lugar donde no podía creer que estuviera.
Esos protocolos informaron de indicios de atribución en lactantes de quince meses, lo que dio lugar a la hipótesis de dos sistemas, uno temprano y automático, otro tardío y explícito.
La crisis de replicación
Esos resultados tempranos figuran entre los más discutidos de la psicología del desarrollo. Los intentos de replicación multilaboratorio publicados a partir de 2018 no encontraron el efecto, o lo encontraron mucho más débil que en las publicaciones iniciales.
La prueba verbal clásica, en cambio, se replica. Es una configuración frecuente: el efecto robusto es el más antiguo y el menos espectacular, y el discutido es el que desplazaba el calendario.
Qué mide además la prueba
Acertar supone comprender la pregunta, retener la secuencia e inhibir la respuesta evidente, que es señalar el lugar real del objeto. Parte del fallo de los más pequeños puede deberse a esas exigencias y no a la ausencia de la capacidad evaluada.
Versiones simplificadas, que reducen la carga de lenguaje y de memoria, obtienen aciertos algo más tempranos, lo que apoya esa lectura sin establecerla. Un metaanálisis de Henry Wellman, David Cross y Julanne Watson publicado en 2001 concluía ya que las variaciones de procedimiento desplazaban ligeramente la edad de acierto sin modificar la forma general del desarrollo.
La variación entre contextos
Las comparaciones interculturales encuentran el éxito en la prueba en todos los lugares donde se ha administrado, pero la edad de vuelco varía varios meses entre poblaciones.
Esas diferencias se asocian, en varios trabajos, a la frecuencia de las conversaciones sobre estados mentales en el entorno. La asociación está medida; su dirección no está establecida.
Para recordar
La prueba verbal de 1983 sitúa el vuelco hacia los cuatro años y se replica bien.
Las versiones no verbales que sugieren competencia a los quince meses no se han replicado a gran escala.
Acertar exige además lenguaje, memoria e inhibición de la respuesta evidente.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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