Dos empatías, dos costes
Comprender lo que atraviesa el otro y sentirlo con él son dos operaciones distintas. Una sostiene la acción, la otra agota.
Una palabra para varias cosas
El término empatía es reciente: lo acuña en inglés en 1909 Edward Titchener, para traducir una palabra alemana procedente de la teoría del arte. Desde entonces ha absorbido operaciones muy distintas, lo que explica la confusión de su uso corriente.
La investigación distingue como mínimo una empatía afectiva, que consiste en sentir algo del estado del otro, y una empatía cognitiva, que consiste en representárselo sin compartirlo necesariamente. Ambas no van sistemáticamente juntas.
Un cuestionario que no se suma
El instrumento más utilizado, publicado por Mark Davis en 1980, consta de cuatro subescalas: la toma de perspectiva, la preocupación por el otro, el malestar personal y la tendencia a identificarse con los personajes de ficción.
El punto notable es que el malestar personal se comporta al revés que las demás: predice la evitación en lugar de la ayuda. Una puntuación global de empatía, obtenida sumando esas escalas, mezclaría por tanto una disposición a ayudar y una disposición a huir.
Sufrir con, o querer ayudar
Los trabajos de Tania Singer y Olga Klimecki distinguen dos respuestas al sufrimiento ajeno. El malestar empático consiste en compartir el estado penoso; va acompañado de afecto negativo y empuja a protegerse, es decir, a retirarse. La compasión consiste en sentirse concernido y orientado hacia la ayuda; va acompañada de afecto positivo y sostiene la acción.
Sus protocolos de entrenamiento comunican perfiles de activación cerebral distintos según la respuesta movilizada. Esos trabajos se basan en muestras pequeñas y exigen confirmación, pero la distinción que formalizan coincide con lo que refieren las profesiones expuestas.
La expresión fatiga por compasión
El mundo del cuidado emplea desde los años noventa la expresión fatiga por compasión para designar el agotamiento de los profesionales expuestos de forma duradera al sufrimiento ajeno. Si el análisis anterior es correcto, la expresión designa exactamente lo contrario de lo que nombra: no es la compasión la que desgasta, es el malestar compartido.
El asunto no es terminológico. Según el mecanismo en juego, la respuesta organizativa difiere: reducir la exposición o trabajar la manera en que se vive.
Ni virtud ni defecto
Una fuerte permeabilidad al estado de los demás da una calidad de presencia que la distancia no ofrece, y cuesta en disponibilidad. Una distancia estable permite actuar allí donde la resonancia paraliza, y se toma con regularidad por frialdad.
Ninguna de las dos posiciones es un nivel. Lo que la investigación autoriza a decir es más estrecho: una posición extrema e invariable tiene un precio, en un extremo el cansancio, en el otro la distancia percibida por quienes esperaban ante todo ser comprendidos.
Para recordar
Empatía afectiva y empatía cognitiva son dos operaciones distintas, que no van necesariamente juntas.
El malestar personal predice la evitación: sumar las subescalas de empatía carece de sentido.
La distinción entre malestar empático y compasión ilumina el agotamiento de los oficios expuestos.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
Y usted, ¿dónde se sitúa?
El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.
Empezar mi test