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Método y medida

Cómo una pregunta mal formulada fabrica una opinión

Una pregunta puede producir la respuesta que espera sin que nadie haya hecho trampa. Estos son los defectos que bastan para crear una opinión de la nada.

Por C. Broussard, Diseño de cuestionariosPublicado el Actualizado el 3 min

El presupuesto

Una pregunta que contiene una afirmación no discutida obliga a aceptarla para poder responder. Preguntar si se aprueba la manera en que se trata un problema supone que el problema existe y que se está tratando, dos puntos sobre los que no se ha consultado a la persona.

El presupuesto es tanto más eficaz cuanto más banal. A nadie se le ocurre cuestionar una premisa enunciada de pasada, y la respuesta obtenida valdrá después como prueba de que la premisa era compartida.

La pregunta doble

Reúne dos ideas en el mismo ítem, por ejemplo un valor general y un medio particular. La persona que aprueba el primero pero rechaza el segundo ya no puede responder correctamente, y su elección se vuelve arbitraria.

El resultado es ininterpretable y a la vez parece nítido, lo que lo convierte en el defecto más peligroso: nada en la cifra final señala la ambigüedad. La referencia es sencilla: si un ítem contiene «y» o «a fin de», hay que comprobar que no se estén midiendo dos cosas.

La palabra cargada

Algunos términos portan una evaluación antes de todo debate: despilfarro, laxitud, machaque, pero también progreso, modernización o sentido común. Un ítem que contenga uno mide la atracción o la repulsión hacia la palabra tanto como la posición sobre la cuestión.

El efecto es medible y a veces considerable: en cuestiones políticas, sustituir un término por un sinónimo menos cargado desplaza las respuestas varios puntos. Por eso comparar dos encuestas sin comparar sus enunciados no tiene sentido.

El anclaje y el orden

Un importe citado antes de la pregunta influye en las evaluaciones siguientes, incluso cuando es manifiestamente arbitrario. Ese fenómeno de anclaje, ampliamente documentado, se aplica a los precios igual que a las cantidades y a las duraciones.

El orden actúa de otro modo: un ítem colocado después de un ítem emocionalmente fuerte no recibe las mismas respuestas que aislado, y una pregunta general planteada tras varias preguntas precisas hereda su encuadre. La rotación del orden entre encuestados es el remedio habitual.

Lo que exige una formulación limpia

Una idea por ítem, un vocabulario descriptivo más que evaluativo, una situación concreta más que un gran principio, y las dos vertientes de la cuestión formuladas con el mismo cuidado. Esas reglas son sencillas de enunciar y exigentes de aplicar, porque la formulación más natural está casi siempre orientada.

La prueba que un redactor puede imponerse es la siguiente: ¿encontraría justo y respondible este ítem la persona que piensa lo contrario que yo? Si la respuesta es no, el ítem medirá la adhesión a mi manera de plantear la pregunta, y nada más.

Para un lector, la contrapartida es un reflejo único: buscar el enunciado exacto antes de comentar una cifra. Cuando no se publica, eso es ya una información sobre la seriedad de la encuesta.

Para recordar

Presupuesto y pregunta doble vuelven ininterpretables las respuestas aunque parezcan nítidas.

Las palabras evaluativas miden la atracción por el vocabulario y desplazan las respuestas varios puntos.

El anclaje y el orden de las preguntas producen efectos documentados, corregidos por la rotación de los ítems.

Un buen ítem puede responderse sin incomodidad por alguien que piensa lo contrario que el redactor.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.

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