Una misma palabra, dos definiciones: el malentendido como motor del desacuerdo
Una parte de los desacuerdos políticos no enfrenta dos posiciones, sino dos definiciones del mismo término. Son los más largos, porque parecen versar sobre el fondo.
Por qué las palabras políticas son ambiguas
Los términos que estructuran el debate son antiguos, han servido en contextos muy distintos y los han reivindicado corrientes opuestas. Su ambigüedad no es un defecto del lenguaje, es el residuo de su historia: cada uso ha dejado una capa de sentido.
A ello se añade un fenómeno propio de la vida política. Una palabra de buena reputación se convierte en un objeto de disputa: es más eficaz reivindicarla redefiniéndola que oponerse a ella. Al cabo de unas décadas, el mismo término designa cosas distintas según quién lo emplee.
Algunas palabras se han vuelto incluso indefinibles de tan disputadas. Su función ya no es describir sino señalar una pertenencia, y todo intento de precisarlas se recibe como una maniobra.
Cómo reconocer un desacuerdo de definición
La señal más fiable es la esterilidad: la discusión da vueltas, cada cual repite su argumento con más insistencia y nadie progresa aunque ambos interlocutores sean de buena fe. Una segunda señal es el acuerdo inmediato sobre los casos concretos, mientras que el desacuerdo reaparece en cuanto se vuelve al término general.
La prueba es sencilla. Pida al otro que dé un ejemplo que entre dentro de la palabra y un ejemplo que no. Si sus dos listas difieren, el desacuerdo versa sobre la definición, y seguir argumentando sobre el fondo no llevará a ninguna parte.
Tres formas de malentendido
El primer caso es el equívoco simple: dos definiciones coexisten y cada cual emplea la suya sin saberlo. Se resuelve con una aclaración, y es el caso más fácil.
El segundo es la definición disputada: ambos interlocutores saben que la palabra está en disputa y buscan imponer su uso, porque quien define la palabra ya ha ganado una parte del debate. No se resuelve, pero puede nombrarse.
El tercero es el más insidioso: el deslizamiento en el curso de la discusión, en el que una palabra se emplea en sentido amplio para establecer un acuerdo y luego en sentido estrecho para extraer una conclusión. Es un procedimiento retórico clásico, y detectable en cuanto se siguen los ejemplos en lugar de las palabras.
Lo que aclararlo permite y lo que no permite
Aclarar una definición no reconcilia a nadie: muy a menudo el desacuerdo de fondo reaparece, pero formulado sobre posiciones reales y, por tanto, discutibles. Es el único progreso disponible, y es considerable frente a una discusión que da vueltas.
Ocurre también que la aclaración revele un acuerdo. Dos personas que se creían opuestas pueden constatar que defendían lo mismo con dos vocabularios, cosa rara pero lo bastante frecuente como para justificar empezar por ahí.
Un método aplicable
En un intercambio que se atasca, sustituya la palabra litigiosa por su descripción. En lugar de discutir de libertad, discuta de lo que está prohibido, de lo que es posible y de quién decide. La frase se alarga y la conversación vuelve a ser útil.
Esa sustitución tiene un efecto secundario interesante: revela a menudo que uno de los interlocutores tiene más apego a la palabra que a la cosa. Es una información, y explica la continuación de la discusión mejor que cualquier argumento.
Para recordar
La ambigüedad de las palabras políticas viene de su historia y del valor que tiene reivindicarlas.
Una discusión estéril entre gente de buena fe señala a menudo un desacuerdo de definición.
Existen tres formas: equívoco, definición disputada, deslizamiento en el curso de la argumentación.
Sustituir la palabra por su descripción vuelve útil la conversación y revela quién tiene apego a la palabra en lugar de a la cosa.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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