Lo que un rostro no dice
La idea de que seis emociones se leen en todos los rostros del mundo dominó cincuenta años. Una síntesis publicada en 2019 mostró que la correspondencia es mucho más laxa.
Una tesis antigua
Charles Darwin publica en 1872 una obra sobre la expresión de las emociones en el hombre y en los animales, donde defiende que ciertas expresiones son heredadas. La tesis duerme casi un siglo y renace a finales de los años sesenta con los trabajos de Paul Ekman y Wallace Friesen, en particular observaciones realizadas en Papúa Nueva Guinea con personas poco expuestas a las imágenes occidentales.
De esos trabajos sale la lista de las seis emociones llamadas básicas: ira, asco, miedo, alegría, tristeza, sorpresa. Ha irrigado los manuales, las formaciones y, más tarde, los programas informáticos.
La objeción de la elección forzada
Los experimentos clásicos presentan un rostro y proponen una lista de palabras. El formato facilita enormemente la tarea, puesto que basta con eliminar. Cuando esa elección se sustituye por una respuesta libre, las tasas de reconocimiento caen, también en las poblaciones occidentales.
Trabajos realizados en 2014 con los himba de Namibia sustituyeron las etiquetas por una clasificación libre de fotografías. Las agrupaciones obtenidas no correspondían a las categorías occidentales y seguían más bien la acción representada que la emoción supuesta.
El contexto hace la lectura
Una serie de experimentos realizados por Hillel Aviezer mostró que un mismo rostro cambia de emoción percibida según el cuerpo sobre el que se coloca. El más llamativo data de 2012: fotografías de tenistas tomadas en el momento del punto decisivo, victoria o derrota, son indistinguibles cuando solo se muestra el rostro. Son los indicios corporales los que permiten decidir.
Dicho de otro modo, a intensidad máxima un rostro ni siquiera dice el signo de lo que ocurre. Ese resultado contradice la intuición más sólida que tenemos sobre la lectura del otro.
Lo que establece la síntesis de 2019
Lisa Feldman Barrett y cuatro coautores revisaron varios centenares de estudios y concluyeron que existe una doble variabilidad: una misma emoción se expresa mediante configuraciones faciales diversas, y una misma configuración acompaña estados distintos. La correspondencia existe, pero es demasiado laxa para fundar una inferencia sobre una persona concreta.
Los defensores de la posición clásica responden que nadie sostuvo nunca que una emoción se expresara siempre del mismo modo y que la revisión apunta a una tesis caricaturizada. El desacuerdo versa, por tanto, tanto sobre lo que se había afirmado como sobre los datos, lo que explica que perdure.
Lo que queda por leer
La conclusión utilizable no es que no pueda verse nada en un rostro. Es que un rostro señala la existencia de algo, rara vez su naturaleza, y nunca con independencia del contexto, del cuerpo y de lo que ya se sabe de la persona.
Los mejores lectores no adivinan mejor que los demás: integran más información y, sobre todo, comprueban. Percibir una señal e interpretarla correctamente son dos operaciones distintas, y la segunda supone a menudo hacer una pregunta.
Para recordar
Las tasas de reconocimiento de las expresiones caen en cuanto se sustituye la lista de palabras por una respuesta libre.
A intensidad máxima, el rostro solo no distingue la alegría de la angustia: el cuerpo y el contexto deciden.
Un rostro señala que ocurre algo; rara vez dice qué.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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