Lo que se siente al decidir
La idea de que una buena decisión se toma en frío es cómoda. Los trabajos sobre pacientes con lesiones frontales sugieren que sin estado afectivo ya no se decide en absoluto.
Una oposición heredada
La tradición occidental opuso durante mucho tiempo la razón, que juzga, a las pasiones, que extravían. La imagen platónica del auriga y sus caballos proporcionó el esquema, y sigue estructurando la manera de hablar de la decisión en la empresa.
Esa oposición se cuestionó ya en el siglo XVIII. David Hume sostenía que la razón establece medios sin fijar nunca fines y que, por tanto, no puede decidir por sí sola qué hay que querer. El argumento ha quedado sin respuesta convincente.
Los pacientes que ya no logran elegir
A partir de los años ochenta, Antonio Damasio y sus colegas estudian a pacientes con lesiones en una región precisa del córtex prefrontal. El cuadro es constante: inteligencia conservada, memoria intacta, conocimientos sociales preservados y, sin embargo, decisiones vitales desastrosas e incapacidad de decidir entre dos opciones equivalentes.
Damasio extrae de ahí la hipótesis de los marcadores somáticos: las experiencias pasadas dejarían huellas en forma de estados corporales asociados, que se reactivan en el momento de elegir y eliminan rápidamente parte de las opciones. Sin esa señal, el examen racional continúa sin concluir nunca.
Lo que la crítica ha retenido
La interpretación ha sido discutida. Un estudio publicado en 2004 muestra, interrogando a los participantes antes y con más finura durante la tarea de juego utilizada por ese equipo, que disponen de un conocimiento explícito de las buenas opciones más pronto de lo que se creía. La elección no precedería, pues, necesariamente al saber.
Lo que la crítica no cuestiona es el hecho clínico de partida: lesiones que no alteran la inteligencia pueden arruinar la conducción de la vida. Es ese hecho, más que el mecanismo propuesto, lo que ha desplazado la cuestión.
Dos maneras de servirse de ello
Algunas personas tratan lo que sienten como una información que examinar: un malestar persistente ante un proyecto indica que hay que mirar algo más de cerca, sin decir qué. Otras lo descartan por principio, con el argumento de que la decisión debe tomarse sobre criterios.
Ninguna de las dos posiciones es más racional que la otra. La primera expone a confundir una señal con su causa supuesta, la segunda a ignorar una información que el razonamiento explícito aún no ha formulado. El coste es real en ambos lados.
La pregunta útil
La formulación más sólida que la investigación autoriza no es «confíe en su intuición», que nada quiere decir, ni «decida en frío», que no es posible. Es más bien: una señal afectiva indica que hay algo, nunca qué.
Tratarla como un indicio que comprobar, en lugar de como un veredicto o como un parásito, es la única conducta que los datos vuelven defendible. Exige simplemente aceptar que comprobarlo lleva tiempo.
Para recordar
Lesiones frontales que dejan intacta la inteligencia bastan para arruinar la capacidad de decidir.
La hipótesis de los marcadores somáticos ha sido discutida, pero el hecho clínico que la motiva se sostiene.
Una señal afectiva indica que ocurre algo, nunca qué es: se trata de un indicio, no de un veredicto.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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