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Cultivar un vínculo

Uno se hace amigo de quien se cruza

Un estudio de 1950 sobre viviendas de estudiantes mostró que la distancia en metros predecía las amistades. El resultado se ha confirmado y afinado desde entonces.

Por Y. Moreau, Formación y final de los vínculosPublicado el 3 min

El estudio fundador

Leon Festinger, Stanley Schachter y Kurt Back publican en 1950 un estudio sobre una residencia de estudiantes casados del Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde la adjudicación de viviendas no dependía de las preferencias. Ese detalle lo convierte casi en un experimento natural.

Miden quién se declara amigo de quién y encuentran una relación fuerte con la distancia física entre las puertas, más fuerte todavía si se tienen en cuenta los recorridos obligados, escaleras y buzones. Los residentes situados al pie de una escalera eran así citados con más frecuencia que sus vecinos de planta.

La noción de distancia funcional

Los autores distinguen la distancia medida en metros de la distancia funcional, definida por la probabilidad de cruzarse. Dos apartamentos vecinos separados por un muro sin paso están funcionalmente lejos, mientras que dos puertas que dan al mismo rellano están cerca aun a igual distancia.

Esa distinción es lo que dio fortuna al resultado: explica por qué la disposición de los lugares produce efectos sociales, sin invocar preferencia individual alguna. La retomaron el urbanismo y la arquitectura, a menudo con más seguridad de la que los datos autorizaban.

Mady Segal obtuvo en 1974 un resultado parecido en una academia de policía donde los puestos se asignaban por orden alfabético: los alumnos citaban como amigos, de forma desproporcionada, a aquellos cuyo apellido los situaba a su lado.

El mecanismo propuesto

La exposición repetida a una persona aumenta la valoración positiva que se hace de ella, efecto documentado por Robert Zajonc en 1968 con el nombre de efecto de mera exposición y encontrado en numerosos protocolos, incluso con estímulos que los participantes no recuerdan.

Un experimento realizado por Richard Moreland y Scott Beach en 1992, en el que unas personas asistían a una clase sin hablar nunca, encontró que el número de sesiones de presencia bastaba para aumentar el aprecio declarado por los demás estudiantes, la mayoría de los cuales, sin embargo, decía apenas reconocerlas.

Qué implica para la edad adulta

Los contextos que producen encuentros repetidos y no elegidos se concentran en la juventud: escuela, estudios, servicio, primeros empleos. Después escasean, a medida que las jornadas se organizan en torno a lugares más cerrados y a horarios más individualizados.

Las encuestas encuentran, en efecto, que la proporción de amistades formadas después de los treinta es baja en la mayoría de las redes personales, resultado compatible con la desaparición progresiva de esos contextos. Describe una estructura de ocasiones, y no una aptitud que se apagaría con la edad.

Los límites del resultado

La proximidad aumenta la probabilidad de encuentro, no determina lo que sigue. Los mismos estudios encuentran que la similitud percibida predice después la duración de la relación, mientras que la proximidad ya no contribuye. La proximidad puede además producir enemistades, puesto que multiplica las ocasiones de fricción.

El resultado es, pues, un resultado sobre la entrada en una red, y su traslado a lo que hace durar un vínculo es una extensión que los datos no sostienen.

Para recordar

El estudio de 1950 mide una relación fuerte entre la distancia entre puertas y las amistades declaradas.

La distancia funcional, definida por la probabilidad de cruzarse, predice mejor que la distancia en metros.

La proximidad explica la entrada en relación, no la duración del vínculo.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

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