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El vínculo

El tiempo pasado juntos no se mide en horas

Dos personas pueden compartir cuatro noches por semana sin verse. Lo que cuenta no es la duración sino lo que se llama la atención conjunta.

Por J. Carel, Apego y vínculos duraderosPublicado el 2 min

Un recuento engañoso

Cuando una relación se marchita, la primera respuesta que se contempla es pasar más tiempo juntos. A menudo produce poco efecto, lo que desalienta doblemente: no solo persiste la dificultad, sino que el remedio evidente ha fracasado.

La razón es simple. Las horas compartidas no son una magnitud homogénea. Una noche ante una pantalla, una noche resolviendo cuestiones domésticas y una conversación de media hora no producen el mismo efecto, y el recuento de horas las trata igual.

La atención conjunta

Lo que distingue esas situaciones es estar atento a lo mismo al mismo tiempo, y saber que el otro también lo está. Esa configuración tiene un nombre en psicología del desarrollo, la atención conjunta, y allí se estudia en el niño muy pequeño.

Aplicada a los adultos, la idea sigue siendo útil aunque salga de su marco de origen. Ver una película uno al lado del otro puede corresponderle, si después se habla de ella. Pasar una noche en la misma habitación cada uno con su pantalla no le corresponde, sea cual sea su duración.

Lo que aporta la repetición

Eso no significa que el tiempo corriente carezca de valor. La repetición de una exposición produce aprecio, resultado establecido por Robert Zajonc en 1968 y de los más replicados de la disciplina, y parte de lo que llamamos un vínculo viene de ahí.

El tiempo banal construye, pues, algo real: una previsibilidad, un lenguaje común, el conocimiento de las costumbres. No construye lo que construye la conversación, y lo uno no sustituye a lo otro.

Las pequeñas ocasiones

Los trabajos sobre el conflicto conyugal han descrito una unidad de intercambio minúscula: el intento de contacto, ese comentario anodino dirigido al otro que llama a una respuesta. Un comentario sobre el tiempo, una pregunta sobre la jornada, un objeto que se enseña.

Lo que se ha observado es que la proporción de esos intentos que reciben respuesta varía mucho de una pareja a otra y que se degrada lentamente. Es una medida más fina que el número de horas compartidas, y está al alcance de cualquiera en una noche de observación.

Lo que se repara

El déficit de atención se repara con gestos poco espectaculares: hacer una pregunta cuya respuesta no se conoce, advertir un cambio, escuchar hasta el final un relato que se cree conocer.

Su modestia explica que se descuiden en favor de soluciones visibles, un viaje, una salida, una noche organizada. Estas no son inútiles, pero fracasan si la mirada no cambia: dos personas pueden viajar permaneciendo igual de poco atentas la una a la otra.

Para recordar

Las horas compartidas no son una magnitud homogénea: lo que cuenta es estar atento a lo mismo en el mismo momento.

El tiempo corriente construye una previsibilidad real, pero no sustituye a lo que construye la conversación.

La proporción de pequeños intentos de contacto que reciben respuesta es una medida accesible y más informativa que el recuento de horas.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

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