Por qué juzgamos las intenciones de los demás con más severidad que las nuestras
Cuando nos equivocamos, las circunstancias lo explican. Cuando otro se equivoca, lo que lo explica es lo que él es. Esa asimetría tiene un nombre y efectos políticos directos.
Una asimetría documentada
La psicología social ha descrito con el nombre de error fundamental de atribución nuestra tendencia a explicar la conducta del otro por su carácter, subestimando el peso de la situación. Los trabajos sobre la asimetría entre el actor y el observador añadieron un punto decisivo: para nuestras propias conductas hacemos lo inverso y damos a la situación todo su lugar.
La explicación es en parte banal: conocemos nuestras restricciones, nuestras vacilaciones, nuestra información ausente, y del otro solo vemos el resultado. El desequilibrio de información produce un desequilibrio de juicio, sin que sea necesaria ninguna malevolencia.
Los trabajos posteriores han matizado la magnitud del fenómeno según las culturas y las situaciones, pero el sentido de la asimetría es robusto. Lo que varía es su fuerza, no su dirección.
Lo que esto da en temas políticos
Ante una posición que no compartimos, la primera explicación disponible es la intención: interés personal, indiferencia, mala fe. Las explicaciones que exigen más trabajo, como una información distinta, una experiencia distinta o una jerarquía de prioridades distinta, vienen después, cuando vienen.
El mecanismo se autoalimenta. Una vez supuesta la intención, los argumentos del otro se leen como justificaciones, lo que vuelve inútil examinarlos. Cada cual se encuentra entonces debatiendo no con una posición, sino con el motivo que le ha atribuido.
Produce además una predicción falsa y duradera: si el adversario actúa por interés, debería cambiar de opinión cuando su interés cambia. Como eso no ocurre, se concluye que está cegado, lo que cierra la última puerta.
El papel de la distancia
La asimetría se acentúa con la distancia: cuanto más extraña nos resulta una persona, más explicamos lo que hace por lo que es. A la inversa, concedemos espontáneamente a los allegados el beneficio de las circunstancias.
Por eso la misma posición parece sensata en un colega y absurda en un desconocido que la expresa en línea. No es la posición lo que cambia, es la cantidad de contexto de que disponemos.
Una prueba sencilla
Formule la posición que combate en los términos en que la formularía quien la defiende, sin ironía, y pregúntese si esos términos se sostienen. Si no logra producir esa versión, es probable que todavía no haya encontrado la posición, solo su caricatura.
El ejercicio no lleva a dar la razón al otro, y no es su objetivo. Busca asegurarse de que el desacuerdo versa sobre algo real, que es la condición mínima para que resulte interesante.
Qué cambia esto para leerse uno mismo
La misma asimetría opera cuando uno lee su propio perfil. Las posiciones que nos halagan se atribuyen a nuestra reflexión, las que nos molestan a las circunstancias de la realización o a una pregunta mal planteada.
Vale la pena detectar esa tentación. Una posición que le desagrada en su propio resultado es el único lugar donde puede aprender algo: en todos los demás, no hace más que reconocerse.
Para recordar
Explicamos nuestras conductas por la situación y las de los demás por su carácter.
La asimetría se acentúa con la distancia: cuanto menos se conoce a alguien, más se le explica por lo que es.
Atribuir una intención dispensa de examinar los argumentos, lo que cierra la discusión.
Saber reformular la posición adversa en sus propios términos es una prueba de comprensión.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
Y usted, ¿dónde se sitúa?
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