El efecto de falso consenso: creer que todo el mundo piensa como usted
Sobrestimamos con regularidad la proporción de gente que comparte nuestras posiciones. Ese error de estimación tiene efectos concretos sobre la manera en que debatimos.
Un sesgo de estimación, no de convicción
Los trabajos de Lee Ross y sus colegas, a finales de los años setenta, pusieron de manifiesto una tendencia robusta: interrogadas sobre la proporción de personas que comparten su elección, las personas la estiman más elevada de lo que es, y ello sea cual sea la elección que han hecho.
No se trata, por tanto, ni de arrogancia ni de un defecto de carácter. La explicación más sencilla está disponible: estimamos una población a partir de la muestra que conocemos, y esa muestra se compone de personas que se nos parecen más que la media.
El sesgo es además más fuerte en las cuestiones en las que tenemos una posición firme, y más débil en las que nos resultan indiferentes. Crece, por tanto, precisamente allí donde más daño hace.
Lo que el sesgo produce en el debate
Si uno cree su posición ampliamente compartida, concluye que es evidente y que hace falta, por tanto, una razón particular para no adherirse a ella. Esa razón particular adopta pronto la forma de una intención dudosa o de una falta de información en el otro, lo que cierra la discusión antes de que empiece.
El sesgo produce también sorpresa, a veces masiva, ante los resultados electorales o las encuestas de opinión. La sorpresa es proporcional a la homogeneidad del entorno, lo que la convierte en un indicador útil: cuanto más le asombra un resultado, más informa sobre la composición de su muestra personal.
Alimenta por último un error estratégico frecuente: creer que basta con movilizar para ganar, puesto que la mayoría ya estaría conseguida. Las campañas construidas sobre esa creencia descuidan la persuasión, que es precisamente lo que necesitarían.
La vertiente inversa, menos conocida
Ocurre también que se subestime el apoyo a la propia posición, generalmente cuando se sabe mal vista en el entorno inmediato. Esa subestimación es otra manera de confundir el propio círculo con la población.
Sus efectos son distintos y a veces más pesados: lleva a callar una opinión sin embargo compartida, lo que la vuelve aún menos visible y alimenta así su propia desaparición aparente. Los trabajos sobre el silencio de las mayorías supuestamente minoritarias describen ese círculo.
Un correctivo sencillo
Antes de consultar el resultado de una encuesta, escriba su estimación. La distancia entre su cifra y la cifra observada es una medida directa de la distorsión de su muestra, y esa medida es más instructiva que el propio resultado.
El ejercicio tiene un mérito adicional: funciona en ambos sentidos y se repite. Al cabo de unos cuantos intentos se aprende en qué temas uno se equivoca sistemáticamente, lo que es una información rara y personal.
Qué cambia esto para leer una encuesta
Una encuesta bien leída es el mejor remedio conocido contra ese sesgo: es uno de los pocos medios de saber lo que piensa una población en lugar de lo que de ella dice el entorno. Por eso también los resultados que contradicen nuestra intuición merecen más atención que los que la confirman.
La regla práctica es sencilla. Una cifra que le sorprenda debe comprobarse primero en su formulación y luego, si se sostiene, tomarse en serio como una información sobre su propia posición en la población.
Para recordar
Sobrestimamos la parte de personas que comparten nuestras posiciones, sean las que sean, y tanto más cuanto más nos importan.
La explicación está en la composición de nuestro entorno, no en un defecto de carácter.
La vertiente inversa existe: subestimar un apoyo real lleva a callar una opinión y, por tanto, a volverla invisible.
Estimar por escrito antes de mirar las cifras mide directamente esa distorsión.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
Y usted, ¿dónde se sitúa?
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