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Psicología

El sesgo de confirmación, o por qué sus lecturas siempre le dan la razón

Buscamos espontáneamente lo que confirma lo que ya pensamos, y examinamos más de cerca lo que nos contradice. No es mala fe: es un funcionamiento por defecto, observable incluso allí donde no hay nada que defender.

Por L. Fabre, Psicología de las opinionesPublicado el 4 min

Un mecanismo puesto de manifiesto en problemas sin nada en juego

Los trabajos del psicólogo Peter Wason, en los años sesenta, mostraron que, ante una regla que verificar, los participantes buscan casi siempre casos susceptibles de confirmarla, más que casos susceptibles de refutarla. El experimento versaba sobre series de cifras y cartas que dar la vuelta, sin nada político, identitario ni financiero en juego.

Eso es lo que vuelve importante el resultado. Si el sesgo se manifiesta allí donde nadie tiene interés en tener razón, entonces no necesita pasiones para desencadenarse. Las pasiones no lo crean, amplifican sus efectos y vuelven más costosa su corrección.

Se impone una precisión de vocabulario. El sesgo de confirmación no es la mentira, ni la pereza intelectual. Una persona muy informada, muy rigurosa y perfectamente honesta está sometida a él, y tanto más cuanto mejor domina los argumentos de su propio bando.

Dos efectos que se acumulan

El primero atañe a la búsqueda de información. Leemos, escuchamos y frecuentamos lo que va en nuestro sentido, a menudo sin intención deliberada: por la elección de las fuentes, por las recomendaciones que se derivan de ella, por la composición de nuestro entorno. La muestra de argumentos a la que estamos expuestos no es, por tanto, representativa de lo que existe.

El segundo atañe a la evaluación. A igual calidad, un argumento que nos contradice se examina con más exigencia que un argumento que nos conforta: se le busca un fallo metodológico, se interroga la fuente, se señala lo que no demuestra. El mismo nivel de exigencia, aplicado al argumento favorable, produciría a menudo el mismo veredicto de fragilidad.

La asimetría es lo que vuelve el fenómeno invisible desde dentro. Todos recordamos haber desmontado un razonamiento adverso mal construido, lo que alimenta la sensación de ser exigente. Mucho menos a menudo recordamos haber aceptado sin comprobar un razonamiento que nos convenía, precisamente porque no lo comprobamos.

Lo que lo digital cambia y lo que no cambia

Los entornos donde los contenidos se clasifican según la interacción que suscitan facilitan la exposición selectiva: vuelven más probable encontrar lo que gusta y menos probable encontrar lo que molesta. La tendencia existía antes que ellos, en la elección de un periódico o de un círculo de amigos; la escala y la velocidad son nuevas.

Conviene sin embargo guardarse de una explicación demasiado cómoda. La investigación sobre la diversidad real de las fuentes consultadas da resultados más matizados que la imagen de una burbuja estanca, y algunos trabajos observan una exposición contradictoria más frecuente en línea que fuera de línea. El problema no es solo encontrar el argumento adverso, es tratarlo con la misma exigencia que el propio.

Dicho de otro modo, la arquitectura de las plataformas actúa sobre todo en el primer efecto, el de la búsqueda. El segundo, el de la evaluación, queda entero, y es el que decide qué hacemos con una información contraria cuando acaba por llegar.

Lo que lo atenúa y lo que no sirve de nada

Decirse «voy a mantenerme objetivo» no tiene efecto medible. La intención no basta, y la confianza en la propia imparcialidad tiende incluso a agravar el sesgo, puesto que dispensa de comprobar. Los remedios útiles son procedimentales, no morales.

Tres procedimientos se han mostrado más robustos que la buena voluntad. Escribir la mejor versión de la posición opuesta, la que defendería su partidario más competente, obliga a encontrarla de verdad. Buscar explícitamente qué podría hacerle cambiar de opinión desplaza la atención de la conclusión hacia la prueba. Decidir de antemano el criterio que le haría reconocer un error transforma una posición en hipótesis.

Este último procedimiento tiene un mérito particular, incluso en caso de fracaso. Si ningún hecho imaginable pudiera moverle, es útil saberlo: significa que lo que usted defiende pertenece a un valor, lo que es perfectamente legítimo, pero no se discute como un dato. Muchas conversaciones ganarían empezando por esa aclaración.

Un ejercicio aplicable al propio perfil

Tras responder a un cuestionario de opiniones, retome los dos o tres ítems en los que su respuesta haya sido más inmediata. Son aquellos en los que su posición está mejor instalada y, por tanto, aquellos en los que el sesgo tiene más ocasiones de actuar sin ser advertido.

Para cada uno, formule por escrito la objeción más sólida que conozca y anote qué habría que observar para que se impusiera. El ejercicio no hace cambiar de opinión, y no es su objetivo: hace aparecer la diferencia entre las posiciones que usted tiene por constataciones y las que tiene por principios.

Para recordar

El sesgo de confirmación aparece también en tareas neutras: no está reservado a los temas que enfadan.

Actúa dos veces, en la elección de lo que se consulta y en la severidad del examen.

Querer ser imparcial no tiene efecto; nombrar de antemano lo que le haría cambiar de opinión funciona mejor.

Una posición que ningún hecho podría hacer tambalear pertenece a un valor, lo que es legítimo pero se discute de otro modo.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.

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