Aptitud o rasgo: dos tests, dos objetos
Dos instrumentos con el mismo nombre pueden ordenar a las mismas personas de manera casi distinta. La distinción que lo explica data de principios de los años dos mil.
La cuestión previa
Antes de saber si alguien está dotado, hay que decidir si se habla de lo que sabe hacer en su mejor momento o de lo que hace habitualmente. La psicología diferencial distingue desde hace tiempo el rendimiento máximo, evaluado con pruebas de respuestas correctas, y el rendimiento típico, referido por la propia persona.
Esa distinción determina todo lo demás: el método, el modo de validación y el tipo de conclusión posible. Konstantinos Petrides y Adrian Furnham la aplicaron a nuestro tema distinguiendo una inteligencia emocional de aptitud y una inteligencia emocional de rasgo.
La vertiente aptitud
El instrumento de referencia, publicado en 2002 por John Mayer, Peter Salovey y David Caruso, consta de unos ciento cuarenta ítems repartidos en ocho tareas: evaluar la emoción presente en un rostro o en un paisaje, decir qué humor favorecería tal actividad, predecir la evolución de un estado, elegir la conducta más eficaz.
Queda la dificultad central: decidir qué es una buena respuesta. Coexisten dos métodos, la respuesta mayoritaria de una muestra amplia y el juicio de un panel de expertos. Concuerdan, lo que los autores presentan como un argumento, y permanece la objeción de que una mayoría no es una verdad.
La vertiente rasgo
El cuestionario desarrollado por Petrides consta en su versión larga de unas quince facetas agrupadas en cuatro factores: bienestar, autocontrol, emotividad, sociabilidad. Asume medir una eficacia emocional percibida, es decir, una autoevaluación.
Esa franqueza cambia la lectura de los resultados. Los análisis sitúan además esa medida dentro del espacio definido por los cinco grandes rasgos de personalidad, cosa que sus críticos tienen por redundancia y sus promotores por una elección teórica asumida.
Lo que muestra la comparación
Si ambas familias midieran lo mismo, sus puntuaciones convergerían. Las correlaciones comunicadas son débiles, por lo general inferiores a 0,30, a veces próximas a cero según las muestras.
La consecuencia práctica es directa: pasar dos tests de inteligencia emocional y obtener resultados contradictorios no indica incoherencia alguna de la persona. Indica que ambos instrumentos versaban sobre objetos distintos.
Elegir según el uso
Una prueba de aptitud resiste mejor la manipulación, puesto que hay que conocer la buena respuesta para darla. Un cuestionario declarativo se ajusta sin esfuerzo: los estudios que piden a los participantes presentarse bajo su mejor luz obtienen puntuaciones netamente superiores.
De ahí una regla simple y a menudo ignorada: lo declarativo conviene a un proceso de conocimiento de uno mismo, donde no se tiene interés en halagarse, y conviene mal a una decisión de contratación, donde sí se tiene. El problema no es la calidad del instrumento, es la situación en la que se pasa.
Para recordar
Aptitud y rasgo designan dos objetos distintos, medidos con métodos incompatibles.
Las puntuaciones de ambas familias de instrumentos correlacionan débilmente, a menudo por debajo de 0,30.
Un cuestionario declarativo se ajusta en cuanto hay algo en juego, lo que lo descalifica para una decisión de selección.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
Y usted, ¿dónde se sitúa?
El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.
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