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Los grandes valores

Tradición y cambio: por qué ambas se reclaman de la prudencia

Conservar y reformar se presentan como actitudes opuestas, una prudente y otra audaz. En realidad, cada una invoca la prudencia, contra un riesgo distinto.

Por S. Nguyen, Historia de las ideas políticasPublicado el Actualizado el 3 min

La prudencia de quien conserva

El argumento clásico, formulado en particular por Edmund Burke, se apoya en la información contenida en las instituciones existentes. Una regla que ha durado ha sido sometida a la prueba de situaciones que nadie anticipó, y sus efectos, aunque mal comprendidos, son conocidos. Sustituirla expone a consecuencias desconocidas, a menudo descubiertas demasiado tarde.

Esa posición no dice que lo existente sea bueno. Dice que el coste de un error de reforma es asimétrico, porque se paga sobre personas reales y se repara con dificultad.

Su debilidad reconocida es que protege también lo que debería cambiar, y que no proporciona un criterio para distinguir ambas cosas. Un conservadurismo consecuente debe, por tanto, decir en qué condiciones acepta una reforma; de lo contrario, ya no es un argumento sino una posición de principio.

La prudencia de quien reforma

El argumento simétrico versa sobre el coste de la inacción. Una situación estable puede producir un daño continuo, y no hacer nada es también una decisión, cuyas consecuencias se pagan igualmente sobre personas reales. Ante un problema que se agrava, la espera es la apuesta más arriesgada.

Esa posición tiene también su debilidad conocida: la dificultad de prever los efectos de una reforma, en particular las reacciones de adaptación que a veces anulan el efecto buscado. Los partidarios del cambio responden con la experimentación, la evaluación y la reversibilidad, que son a su vez argumentos de prudencia.

El argumento de lo irreversible

Una distinción vuelve el debate más claro que la oposición entre conservar y reformar: la que separa decisiones reversibles de decisiones irreversibles. Ante una decisión que no podrá deshacerse, la prudencia recomienda la lentitud, sea cual sea el bando al que uno pertenezca.

Esa distinción desplaza el desacuerdo hacia un terreno más productivo. Dos personas enfrentadas sobre una reforma pueden a menudo coincidir en la necesidad de un dispositivo de marcha atrás, lo que no es poco.

Un desacuerdo de diagnóstico tanto como de valores

Una vez enunciadas ambas posiciones, aparece que se oponen sobre todo en una estimación: ¿es mayor el daño de la inacción que el riesgo del error? Es una cuestión de hecho, aplicada a un caso preciso, y no una diferencia de temperamento.

Eso explica por qué la misma persona puede ser conservadora en un tema y reformadora en otro sin contradecirse. Lo que varía no es su gusto por el cambio, es su evaluación del daño en curso en cada ámbito.

Cómo detectar la propia posición

Tome una institución que juzgue imperfecta pero que no tocaría, y otra que reformaría deprisa. Luego pregúntese qué distingue ambos casos: la magnitud del daño actual, la confianza en la solución propuesta, o la posibilidad de volver atrás.

La respuesta dibuja su criterio real, que es casi siempre más matizado que la etiqueta de conservador o de reformador. Es ese criterio, y no la etiqueta, el que predice sus posiciones sobre los temas venideros.

Para recordar

Conservar invoca la información acumulada en lo existente y el coste difícilmente reparable de un error.

Reformar invoca el daño continuo de la inacción, y responde con la experimentación y la reversibilidad.

La distinción entre decisiones reversibles e irreversibles suele ser más útil que la oposición de bandos.

El desacuerdo versa sobre una estimación de daño, tema por tema, más que sobre un gusto por el cambio.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

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