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El vínculo

La rutina no es el enemigo

Se le imputa el final de la mayoría de las historias. Sin embargo, la repetición produce apego tanto como lo desgasta, y la investigación sabe cuál de las dos cosas y en qué condiciones.

Por P. Lefèvre, Historia de las sensibilidadesPublicado el 2 min

Un acusado cómodo

La rutina es la explicación por defecto de una relación que se apaga. Tiene la ventaja de no señalar a nadie, lo que la vuelve aceptable para ambos, y el inconveniente de no explicar nada, lo que la vuelve inutilizable.

Recubre en realidad dos fenómenos distintos: la repetición de los gestos, que es neutra, y la desaparición de la atención, que no lo es. Confundirlos lleva a buscar soluciones en la novedad cuando el problema está en otra parte.

Lo que produce la repetición

El psicólogo Robert Zajonc estableció en 1968 que la repetición de una exposición a un estímulo neutro aumenta el aprecio que se le tiene, incluso cuando la exposición pasa inadvertida. Ese resultado, de los más replicados de la disciplina, vale para los rostros como para los lugares.

La repetición no es, pues, el enemigo del apego, es uno de sus motores. Lo que se construye en los años comunes, la previsibilidad, el lenguaje compartido, saber qué va a decir el otro, pertenece exactamente a ese mecanismo y constituye una parte de lo que llamamos un vínculo.

Lo que cuesta

El efecto tiene un límite: más allá de cierto número de exposiciones se atenúa y luego se invierte. La familiaridad que producía aprecio acaba produciendo indiferencia, no en el sentido del rechazo, sino en el de lo que ya no se percibe.

Esa es la verdadera dificultad, y es perceptiva antes que afectiva. Se deja de ver lo estable, como se deja de oír un ruido de fondo. La persona no ha cambiado, la mirada se ha acostumbrado.

Por qué la novedad sola no arregla nada

La respuesta habitual consiste en introducir novedad: un viaje, una actividad inusual, un cambio de decorado. Produce un efecto real y breve, y fracasa en tratar el problema perceptivo si no va acompañada de ninguna atención nueva hacia el otro.

La observación merece anotarse: dos personas pueden atravesar una experiencia inusual permaneciendo exactamente igual de poco atentas la una a la otra. El decorado ha cambiado, la mirada no.

Lo que se repara y lo que no

El déficit de atención se repara, y con gestos poco espectaculares: hacer una pregunta cuya respuesta no se conoce, advertir un cambio, escuchar hasta el final un relato que se cree conocer. Son operaciones modestas, y su modestia explica que se descuiden en favor de soluciones más visibles.

En cambio, una relación en la que ya no se espera nada del otro no se relanza con gestos. La distinción importa, porque lo uno se trata y lo otro exige una conversación de un orden muy distinto.

Para recordar

La repetición produce aprecio, resultado establecido desde 1968: es un motor del apego, no su adversario.

Lo que se degrada no es el sentimiento sino la percepción: se deja de ver lo estable.

La novedad de decorado no sustituye a la atención prestada, y dos personas pueden viajar permaneciendo igual de poco atentas la una a la otra.

Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.

Y usted, ¿dónde se sitúa?

El test Civix sitúa sus convicciones en seis dimensiones y lo vincula a uno de los doce perfiles, sin decirle nunca qué pensar.

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