Las cohortes de nacimiento, instrumento principal del campo
Seguir a los mismos miles de niños durante veinte años cuesta caro y lleva veinte años. Es, sin embargo, el único dispositivo que permite distinguir lo que precede de lo que sigue.
El principio
Una cohorte de nacimiento recluta una muestra de niños nacidos en un periodo dado y los sigue a intervalos regulares, recogiendo datos de salud, escolaridad, condiciones de vida y entorno familiar.
El Reino Unido ha lanzado varias desde 1946, lo que permite comparaciones entre generaciones. Francia lanzó la cohorte Elfe en 2011, con una muestra de unos dieciocho mil niños reclutados en las maternidades.
A las cohortes británicas de 1946, 1958 y 1970 les siguió la Millennium Cohort Study, iniciada con niños nacidos hacia el año 2000. Su sucesión permite comparar, a igual edad, a niños separados por varias décadas, con cuestionarios en parte comunes.
Qué permite el dispositivo
Establece el orden temporal, algo que una encuesta transversal no puede hacer. Observar que una característica medida a los dos años precede a un resultado medido a los diez elimina toda una familia de explicaciones inversas.
Permite además medir trayectorias en lugar de estados, distinción decisiva en un campo donde las posiciones individuales son inestables y una medición aislada predice mal la siguiente.
Qué no permite
La anterioridad no es causalidad. Una característica familiar medida pronto puede preceder a un resultado sin producirlo, si ambas dependen de un tercer factor no medido, que es la situación ordinaria.
Las cohortes miden muchas variables precisamente para ajustar por esos factores, pero el ajuste solo vale para lo que se ha medido. Los análisis más sólidos explotan situaciones cuasiexperimentales dentro de la cohorte.
La comparación entre hermanos es un ejemplo habitual: neutraliza parte de los factores familiares no medidos, ya que esos niños comparten los mismos padres y a menudo la misma vivienda. El procedimiento tiene sus propios límites, pues los hijos de una misma familia nunca están expuestos a condiciones idénticas.
La atrición
La pérdida de participantes es la dificultad central. Alcanza con frecuencia varias decenas por ciento tras quince años, y no es aleatoria: las familias en situación inestable, las que se mudan a menudo, abandonan más.
La muestra restante se vuelve progresivamente menos representativa, justo en las dimensiones que más interesan. Los métodos de ponderación corrigen parte del sesgo, bajo supuestos inverificables. El problema se conoce desde el diseño, y las cohortes dedican una parte importante de sus recursos a mantener el contacto con las familias entre dos oleadas. El desgaste de la muestra se reduce así sin desaparecer, y su carácter selectivo sigue siendo la principal reserva a la hora de interpretar los resultados tardíos.
El efecto de generación
Una cohorte describe la generación que sigue. Los niños nacidos en 1958 crecieron en un mundo cuyas conclusiones no se trasladan mecánicamente a los nacidos en 2011, en materia de pantallas, de estructura familiar o de escolarización temprana.
Es el argumento principal para lanzar otras nuevas pese a su coste, y es también lo que hace que las comparaciones entre cohortes sucesivas resulten más instructivas que cada cohorte por separado.
Para recordar
La cohorte establece el orden temporal, algo que una encuesta en un momento dado no puede hacer.
La anterioridad no basta para concluir causalidad, a falta de control de los factores no medidos.
La atrición es selectiva y empobrece la muestra en las dimensiones más estudiadas.
Este artículo describe mecanismos y desacuerdos documentados. No recomienda ninguna posición, ningún partido y ningún voto, y no compromete otra lectura que la de los trabajos que cita.
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